| El Rastro: un lugar en el que perderse sin prisa |
| Escrito por María Sanz |
![]() Cuentan que este popular mercadillo recibe su nombre por el rastro de sangre que, antaño, dejaban los animales sacrificados en un matadero ubicado cerca de la Ribera de Curtidores. Hoy en día, el único rastro que se puede seguir es el de la gente que cada domingo se acerca hasta la Plaza del Cascorro para pasear entre los puestos de “El Rastro”. Son las 11.30 horas de un domingo y las calles ya no bostezan, los vagones de metro se suceden en los andenes cargando y descargando gente y un hombre maneja los hilos de una marioneta que simula tocar una melodía de Mozart al piano. Acabas de llegar a La Latina (Metro, línea 5) y los primeros puestos de El Rastro te dan la bienvenida. Anillos en unos, colgantes en otros, vestidos con estampados de colores, “bueno, bonito y barato” –grita una vendedora-, y cuando te quieres dar cuenta ya has recorrido una calle y has llegado hasta la Plaza del Cascorro, centro neurálgico de este mercado callejero. La estatua de Eloy Gonzalo, un héroe de la guerra de Cuba, preside la plaza y a sus pies, la Ribera de Curtidores se extiende poblada de puestos y vendedores que cada domingo, desde las 9 hasta las 15 horas, se visten con su simpatía, su saber hacer y su mejor sonrisa para exhibir sus mercancías. ¡Y qué mercancías! ¿Qué estás buscando? ¿Un reloj antiguo? Aquí lo tienes. O no. Mejor prefieres un abanico artesanal. Sin problema, también lo encontrarás. O, ¿por qué no? Una Olivetti o una radio antigua de esas que las mujeres utilizaban para escuchar los seriales mientras cosían. ¡Busca, busca! Que el que busca encuentra. Como si de una búsqueda del tesoro se tratara, los clientes se lanzan a la caza del suyo. Para unos puede tratarse de un grabado de una corrida de toros, para otros de un disco antiguo de Juan Pardo. Hay quien prefiere ir a por libros (dos por un euro, joven –te gritarán desde las tiendas-); o quien busca antiguos artículos de guerra o los muñecos con los que jugaba cuando era pequeño. Una auténtica “locura” de productos que se extiende por las calles que nacen de la Ribera de Curtidores y por las que se desvían, según sus preferencias, las miles de personas que se citan en el Rastro. Madrileños asiduos a este mercadillo, los más, pero también turistas o inmigrantes se dan cita en lo que un día fueron las afueras de la Villa de Madrid. Toda una miscelánea de culturas y formas de vida que crean un ambiente festivo, de tolerancia y diversión, ideal para una mañana de domingo. 500 años lleva en pie, desde que en el siglo XV vendedores de ropa vieja y usada, mataderos y curtidores comenzaran sus negocios en la zona. Mucho ha cambiado desde entonces y mucho seguirá cambiando, esperamos, durante, por lo menos, 500 años más. |
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