Cuentan las leyendas que
Patones, al pasar desapercibido, fue el único pueblo de España sin ocupar por los franceses durante la
Guerra de la Independencia, que fue un reinado independiente con una dinastía propia que trataba de tú a tú a los monarcas del
Imperio Español o que todos los habitantes del pueblo, hartos de los abusos del comendador, tiraron su cuerpo y su montura en un lugar llamado
Rendijo.
Sin embargo, aunque trató de resistirse a la invasión y los lugareños ayudaron al guerrillero
Juan Martín El Empecinado, Patones acabó
pagando religiosamente los tributos a los
destacamentos franceses. Tampoco hubo un rey rico y poderoso, sino un
alcalde o juez de paz de origen humilde.
La independencia del “reinado” se traduce en un
pueblo fundado en el siglo XVI por un grupo de pastores de la villa de Uceda, bajo cuya jurisdicción permanecería Patones hasta el siglo XVIII, cuando
Carlos III le reconoció como aldea. Y, bueno, con respecto al comendador, la historia se asemeja más a un guión teatral que a la realidad.
Aún así, Patones está ahí, en la
Sierra Norte de Madrid. Y no pierde su encanto, (nada más lejos de la realidad), el que le confiere su
riqueza arquitectónica, su
patrimonio histórico y natural, el hecho de ser considerado
Bien de Interés Cultural y el haber sabido reinventarse a sí mismo para ofrecer al visitante muchas, variadas y muy buenas
ofertas de diversión.
Diversión que podría comenzar en la
senda ecológica de El Barranco que, acondicionada para el
senderismo, se encarga de unir los núcleos de
Patones de Arriba y
Patones de Abajo. Acueductos de la
infraestructura del canal de Isabel II y la
Cueva del Aire, habitada desde el Neolítico y con 218 metros de galerías, integran este camino que une la vega y la sierra.
O lo que es lo mismo Patones de Abajo y Patones de Arriba. Dos núcleos residenciales en un municipio. El primero fue tomando forma
durante el siglo XX, cuando los habitantes de Patones de Arriba se trasladaron al llano, al tiempo que el enclave originario se iba despoblando. A partir de
1970, los procesos de
rehabilitación, la
búsqueda de segundas residencias y los negocios de
hostelería le fueron devolviendo a la vida.
Así, hoy en día, en la parte alta del municipio se puede disfrutar al aire libre con el
Ecomuseo de la Pizarra y descubrir su
arquitectura de pizarra negra a través de dos recorridos:
Edades de la Arquitectura, un viaje a lo largo de 2.000 años de Historia, utilizando como medio de transporte las viviendas de Patones; y
Arquitectura de los Alimentos, que, al relacionar la arquitectura tradicional con los alimentos, nos lleva por los lugares en los que éstos se fraguaban (bodegas, hornos, eras, cochiqueras…).
Rodeada de imponentes despeñaderos de paredes calizas en los que practicar la
escalada, la
Dehesa de la Oliva nos descubre los restos de una ermita, la de la
Virgen de la Oliva de los siglos XII y XIII; el
canal de Cabarrús que permaneció en funcionamiento hasta mediados del siglo XIX; y la
presa del Pontón de la Oliva, una obra de ingeniería levantada en tiempos de Isabel II por más de un millar de presidiarios para abastecer de agua a la capital.
Practicar
vela,
windsurf,
piragüismo y
remo es posible en el
embalse del Atazar, la mayor lámina de agua de la Comunidad de Madrid. Se accede a él tras recorrer once kilómetros de la carretera que une Patones de Abajo con El Atazar, desde la cual se puede disfrutar de una espectacular
panorámica de la presa y las
sierras que la rodean.
¿Y qué decir de la gastronomía?
Cordero asado,
migas con uvas,
cabrito,
judiones,
garbanzos con callos,
carnes al carbón de encina,
rabo de toro… son algunas de las especialidades preparadas por restaurantes de la zona como Las Eras, La Cabaña o El Poleo. Nada mejor para recordar Patones con un buen sabor de boca.