En la
Plaza de la Encarnación, cerca del Palacio Real, todavía hay gente que logra mantenerse al margen del bullicio, las prisas y la forma de vida de una ciudad como Madrid. Hablamos de las
Agustinas Recoletas, las monjas de clausura que habitan el
Real Monasterio de la Encarnación.
Promovido por la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, este monasterio fue
edificado entre 1611 y 1616. Entre otras cosas, alberga en su interior un
relicario con un conjunto de
700 piezas de bronce, coral, marfil o maderas finas procedentes de distintos países.
Pero, sin duda, la parte más llamativa de este monasterio es la
cripta que, inaugurada en
1616, contiene vitrinas que cubren todas las paredes guardando en su interior dedos de santos, calaveras, cabellos, dientes, fragmentos de brazos, además de otras partes del cuerpo humano.
De entre todas estas reliquias la más famosa es una
ampolla que, supuestamente, guarda la
sangre coagulada de San Pantaleón. Se dice que una vez al año, la víspera de la festividad del santo, que se celebra el
27 de julio,
esta sangre se licúa durante 24 horas para después volver a solidificarse.
Nadie ha sido capaz de encontrar una explicación natural a este fenómeno que las monjas describen como
“un regalo de Dios” y que cada año congrega a miles de personas ante las puertas del monasterio para verlo de cerca.
Sólo se han dado dos ocasiones en las que no se produjo la licuación. La primera fue antes del inicio de la
I Guerra Mundial y la segunda antes del comienzo de la
Guerra Civil. Por ello, las alarmas se dispararían si la sangre no abandonara por unas horas su estado sólido, ya que sería considerado como un mal augurio.
Pero… ¿Quién era San Pantaleón?
La historia de
San Pantaleón es la historia de un médico de
Nicodemia, martirizado en el año
305 DC por profesar la fe cristiana. Apenas recordaba las enseñanzas que su madre, antes de morir, le había inculcado durante su infancia, hasta que un sacerdote le hizo recuperar esos recuerdos.
De natural bondadoso, Pantaleón escuchó la doctrina de Jesucristo de la boca del
sacerdote Hermolao, el cual vivía oculto para evitar las persecuciones de los romanos. El joven médico se decidiría a dar el paso definitivo hacia esta nueva fe tras protagonizar el que sería el primero de sus milagros.
Un día Pantaleón se encontró con un niño muerto por la mordedura de una serpiente. Decidido a comprobar si era cierto que el
nombre de Cristo bastaba para resucitar a los muertos, hizo el intento y
el niño volvió a la vida al tiempo que la serpiente murió de inmediato. Ya, sin ningún tipo de dudas, Pantaleón se convirtió al cristianismo y fue bautizado.
Después, comenzarían los milagros. Pantaleón, “el que se compadece de todos” como reza su nombre en griego,
entregó todas sus riquezas a los pobres, liberó a sus esclavos y ejerció la medicina gratuitamente, lo que despertó los recelos de sus compañeros de profesión que fueron los encargados de denunciarle.
Fue
sometido a diferentes torturas de las que salió completamente airoso. Le tiraron al mar con una roca atada al cuello pero fue capaz de volver a la orilla caminando sobre las aguas. Sometido al tormento de las fieras, éstas se amansaron en cuanto se acercaron a él y volvieron a sus jaulas tras ser bendecidas por Pantaleón.
El último milagro se produjo justo antes de su muerte. Pantaleón fue atado a un olivo para ser decapitado. Justo en el momento en el que el verdugo aproximaba la espada a su cuello para asestarle el golpe final, la espada se reblandeció.
Entonces Pantaleón rogó que culminara la sentencia. El verdugo, tras abrazarle, concluyó su trabajo viendo asombrado cómo la sangre que brotaba del cuerpo del mártir llenaba de frutos el olivo. Después,
varios cristianos recogieron esa sangre en frascos para que perdurara en el tiempo.